Curiosamente, en casi todos los idiomas existen varias palabras para la actividad de demolición. Generalmente, varias de esas palabras para definir la actividad suelen tener una connotación negativa.
Incluso en algunos casos, todas las acepciones tienen un marcado carácter negativo. Sirva como ejemplo anecdótico la reciente creación de una asociación de empresas de demolición en Turquía, en cuyo nombre ni siquiera aparece la palabra demolición.
La traducción de su nombre sería algo así como “asociación de empresas para la regeneración urbana y el apoyo en catástrofes naturales”.
El español no es una excepción, y aunque el diccionario define de forma muy similar la palabra derribo y la palabra demolición, es habitual percibir un carácter peyorativo en la primera, y un poco más de reconocimiento a la labor especializada en la segunda.
Más allá de divagaciones sobre el lenguaje, que no es el objetivo de estas líneas, hay un hecho cierto: la actividad de las empresas de demolición ha cambiado mucho en los últimos años, y va a seguir haciéndolo en el futuro más cercano.
La demolición ha pasado de ser una actividad en la que el objetivo principal era generar un espacio vacío, sin que a la propiedad le importase mucho el cómo, a convertirse en un agente del cambio.

